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miércoles, 9 de julio de 2008

Homo Traductorens

Homo Traductorens

Serie: ESCENAS DE CIUDAD

Ciudad Escenario: Medellín, Colombia

En una estrecha oficina de profesor de universidad pública

se refugia un hombre que imaginás un poco Ícaro, un poco unicornio.

Es una especie rara, en vía de extinción más no de rendición.

Conocerlo es quererlo y quererlo es tenerlo en ese pedestal infranqueable

en el que sólo ubicamos aquellos seres humanos que nos deslumbran.

Me enseñó que traducir es hacerle el amor a las palabras

y que el que juega con el verbo ensalza el cuerpo.

Jamás se le oye hablar mal de nadie y de aquellos que tienen muchos

defectos y miserias, simplemente asegura que son seres en evolución.

Cuando me lo presentaron se me describió como poeta de emociones ajenas

y luego me explicó que el que traduce interpreta lo que la novia tímida no dice ya sea por pudor, por pobreza lexicográfica o por ser emocionalmente analfabeta.

De las viejas paredes de ladrillo de su oficina cuelgan frases célebres y pedazos de poemas en varios idiomas y estilos.

Te recita de memoria los poemas de Rimbaud y te hace estremecer con su voz cansada que suena a llamado de arcángel en perfecto francés.

Jamás ha salido del país pero te habla cinco idiomas con mejor acento y entonación que vos, que yo y que muchos hablantes nativos.

Su gran talento lingüístico lo hace parecer un diccionario de sinónimos con corazón.

Se ha dado el lujo de traducir desde panfletos incendiarios hasta novelas de temáticas diversas, pasando por aburridos ensayos filosóficos.

Si la universidad tuviese cuerpo sería el suyo porque su mente alberga tantos saberes como placeres y jamás se cansa de leer o de aprender.

Con él podés hablar de economía, de arte, de medicina y de los tres tabúes latinoamericanos: sexo, política y religión.

Es un firme convencido de que si las mujeres tienen un sexto sentido, los hombres tenemos un sexo sentido.

Cada domingo lo podés ver en Campos de Paz, hablándole a la tumba de su difunta esposa, recitándole a Neruda o explicándole a Goethe.

Tiene un hijo calavera, como tantos traductores, quien pese a rondar ya la trentena no se ha graduado de ninguna carrera y parece estudiante eterno.

Cuando abrieron el programa de traducción y le asignaron su cátedra de traductología pensábamos que le daría un infarto de tanta emoción contenida.

Era como si a un niño pobre le hubiesen comprado el juguete más caro.

Durante semanas enteras ensayó y preparó sus clases y a todos sus colegas nos preguntó: “creés que con esto los cautivaré o tendré que comprarme una guitarra?”.

Sus clases son una experiencia única, irrepetible y sus alumnos lo admiran y lo respetan como al abuelo sabio que quizás nunca tuvieron.

Es estricto y exigente, pero jamás hiriente.

A los aprendices de traductor como yo nos da lecciones de estilo, de redacción, de lógica gramatical, de manejo de clientes torpes y sobretodo, de vida.

Alguna vez me dijo que había matado ya al dragón y ahora me asustaba con el tigre.

En tono severo que se me antojó a la vez dulce me sermoneó: “mirá vos, escribiste novelas, cuentos y crónicas y ahora te dejás embestir por un simple texto?”

Dice que si la reencarnación existe y vuelve a nacer, escogerá ser traductor, porque Dios lo escogió a él para que le imprimiera a las palabras un toque celestial.

Podés catalogarlo de divino sin temor a blasfemar, porque su sapiencia, su sonrisa benévola y su inagotable deseo de ayudar a los demás son la prueba de que Dios existe.

Su amor por los animales te enternece y te vuelve cómplice de sus caprichos.

Tiene una mascota ajena que a la vez es pública porque no es de nadie.

Es una perra chandosa que desayuna de sus sobras y se echa a sus pies a hacer la siesta.

La mayor parte del año vive sucia y desaliñada, pero en diciembre él mismo la baña y la acicala para ponerle un vistoso moño rojo que simboliza la navidad y el amor.

Cuando le preguntás por qué no la adopta totalmente y se la lleva a vivir con él,

te responde que la quiere tanto que si la tuviera en casa perdería su objetividad y ya no podría regañarla por perseguir gatos y palomas.

Añade que en su casa sólo tiene espacio para el recuerdo de su gorda linda y para uno que otro libro que le refuerza la idea de que los seres humanos sí podemos ser inmortales.

A veces pienso que los traductores tenemos tanto amor para dar que lo volcamos en mascotas, plantas, amantes y hasta en alumnos desagradecidos.

Que se revuelquen los romanos en sus tumbas que hoy me deben estar condenando por este mal uso del latín, pero ante sus embestidas verbales de ultratumba solamente puedo refutarles, si existe un homo sapiens, por qué no un homo traductorens?

© 2008, Malcolm Peñaranda.

2 comentarios:

Maria Fischinger dijo...

MALKY
Encontrar tus trabajos para poder saborearlos es una delicia.
Bravo!!!!!!!

Anónimo dijo...

¡Hola Malcolm!

Me gustó el artículo acerca del traductor. Pareciera que fue profesor tuyo, alguien a quien admiras mucho. ¿o es pura ficción?

Ya ves, sólo hasta hoy puede sacar el ratico para leer.

Nos hablamos,

Cata