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sábado, 4 de enero de 2014

 
Auscultando el fuego 
Serie: ESCENAS DE CIUDAD
Ciudad Escenario: Medellín, Colombia

Catalina es una de esas mujeres que enloquece a hombres y mujeres en cualquier lugar del mundo. Alta, de cuerpo marcadamente voluptuoso, tetiperfecta y culidivina, de cabello castaño largo y ojos color avellana, te hace recordar la belleza de las mujeres persas, árabes y rusas. 
Pero ella es ciento por ciento paisa, digna representante de las mujeres más bellas no sólo de Colombia, sino de Latinoamérica entera. Solamente un detalle la hace parecer extranjera: sus piernas largas, increíblemente largas, que la convierten en una mujer atípica de esta región del mundo. Cuando camina por la calle deja a cada hombre heterosexual parolo, a cada lesbiana dudando de su tan proclamada fidelidad y a las demás mujeres, heteroconfundidas. Sus labios carnosos y su mirada coquetona que derriten a cualquiera y su cuerpo endiablado hacen que la asociés con el más peligroso de los elementos: el fuego. 
Ha hecho estrellar a más de un conductor y los taxistas se pelean por llevarla y hasta se rehúsan a cobrarle. Nunca quiso ser modelo ni mucho menos reina de belleza, pero si lo hubiese hecho, quizás se habría ganado todos los títulos. Empero, le faltaba una condición esencial: nunca ha sido apelotardada. Jamás dice estupideces y le emputa que los hombres crean que toda mujer bonita es bruta. 
Ella prefirió ser economista y terminó como corredora de bolsa y rápidamente se ganó los odios de muchos compañeros de trabajo por su éxito profesional. Un día no aguantó más la presión y cambió ese mundo de ingresos fabulosos por un empleo de bajo perfil en una compañía de medio pelo donde no tiene que competir con nadie. Ahora se libró de buena parte del estrés que le opacaba su universo de femme fatale, pero le quedó el peor de los males: un lumbago que de vez en cuando la atormenta. Consultamos en la misma IPS¹ e incluso compartimos los mismos médicos: el familiar y el de atención prioritaria. Aquel día acudió a la IPS porque le estaba empezando un lumbago y como ya antes la habían dejado casi inmóvil, no quería que esa vez le volviera a pasar. Era una tarde de viernes y se había tenido que volar de la oficina para que la atendieran como prioritaria. Tenía puesto un vestido rojo pasión que marcaba sugestivamente su cuerpo de diosa. Era vaporoso, de una tela muy suave, porque después de la temporada de lluvias nos empezaba a afectar la temporada seca y el calor ya era desesperante. 
Como si no bastara con su vestidito rojo, pecaminosamente alto y resaltador de sus curvas, la acompañaba una de sus colegas, la más fea de la oficina, medio langaruta ella, que destacaba aún más la belleza de Catalina. Sebastián, el médico de atención prioritaria, era su contraparte perfecta en el lado masculino: uno de esos tipos que paran el tráfico y alivian a las pacientes con sólo mirarlas o tocarlas. Las solteronas ganosas se fingen enfermas para que él las ausculte. Más de una se moja, y no precisamente con agua. No es muy alto pero sí es musculoso, culiapretado y con una piel tan perfectamente bronceada que los dioses del Olimpo no habrían podido darle. Sus facciones son muy masculinas y sus ojos de mirada penetrante y embrujadora. El macho alfa con acento paisa, sonrisa matadora y una voz de teniente montador que hizo que Catalina empezara a olvidar su lumbago. Catalina parece tener un fetiche odontológico, pues cuando está al lado de un hombre de dientes perfectos, se le olvida hasta que ya tiene marido y no puede andarse antojando de cualquier mucharejo que le pele la muela y algo más. El pobre Sebas tuvo que contenerse para no excitarse ante la vista de semejante mujerón que lo puso nervioso y lo hizo titubear al saludarla. Ella lo notó de inmediato y empezó a calcular cuántos segundos o minutos pasarían antes de que él evidenciara una erección bajo el visajoso uniforme tipo piyama que impide que los médicos oculten sus emociones. Catalina en cambio, no tenía mucho interés en ocultar las suyas. Ella siempre ha sido una mujer de armas tomar y de hombres debilitar. La auscultación empezó con las preguntas rutinarias y el chequeo físico que él le hizo primero con el bajalenguas y el aparato para chequear los oídos que ningún paciente sabe cómo carajos se llama. Tampoco entendemos por qué nos chequean la boca y los oídos cuando lo que nos duele es la espalda. 
Pero ella estaba feliz de que él le chequeara cada orificio, cada superficie de mujer en la que su piel ardía y su sangre empezaba a hervir como si la hubiesen condensado en una tetera nueva. Cuando el bajalenguas entró en su boca, ella sintió una especie de fiebre que no se puede registrar en ningún termómetro. Ese pequeño instrumento de madera lo sintió fálico, inmenso, violador de su boca atrapante. Sus labios se apartaron suavemente y ella ya no podía distinguir si eran los de arriba o los de abajo. Mujer en erupción que superaba cualquier volcán. Si hubiesen llamado a los bomberos, se los habría comido a todos. Ella quiso morder sus dedos y los de él, escupir el bajalenguas y pedirle que la besara y que en vez de la lengua le bajara su tanga y la tirara lejos. Lo habría vuelto su ginecólogo sin diploma, su médico de película porno que sólo dice palabras sucias y hace cosas ricas. El solo imaginarlo la hizo arquear sus piernas y poner en evidencia su primer orgasmo auscultativo. Imagino al atormentado Sebas luchando entre su ética médica y su arrechera de hombre como Ulises entre el mar y las sirenas. El chequeo siguió con la parte más difícil: aquella en la que ella se tuvo que despojar putanamente de su vestidito rojo y dejar al descubierto un cuerpo escultural que ni el más frío de los médicos podría ignorar. La hizo ponerse una bata de paciente gorda mientras fingía que escribía algo en su historia clínica pero no dejaba de mirarla achantado y excitado. 
Ella sabía que lo tenía en sus manos pero no podía perder la compostura ni violarlo en su consultorio fácilmente invadible por cualquier enfermera impertinente. Se acostó dócilmente en la camilla, boca-abajo y dejando en relieve su prominente culo caza-maridos. Su tanguita roja apenas si cubría tan apetitoso pedazo de carne. La raja se asomaba descaradamente como invitándolo a quitar con sus dientes esa tanga estorbosa que lo conduciría por un valle marrón a un paraíso rosa. El médico en él seguramente encendía su monitor moral, pero quizás el hombre en él se mordía los labios pensando cómo controlaría sus manos para que no se deslizaran hacia donde la espalda cambiaba de nombre. Ella no podía verlo, pero imaginaba sus pensamientos lujuriosos. Cuando sus manos tocaron su espalda, el lumbago de Catalina ya no existía, o quizás lo había obliterado el calor de esas manos que ella sintió tan cálidas, tan calientes y luego tan ardientes. Él le hizo unas cuantas preguntas que ella respondió de manera automática porque ya no estaba allí. Ya ella caminaba la senda de Eros y su cuerpo mortal era ahora el de una diosa. Mordió sus labios y apretó sus manos desesperadamente. Gritó para sus adentros y arañó las paredes sin tocarlas siquiera. Su bestia interior devoró unos cuantos cervatillos sin poder saciar sus ansias. Ella experimentó en segundos varias poses del Kama Sutra pero se encaprichó con la de la carretilla. Perdió la noción del tiempo, del dolor, del placer, del deber ser. Afuera dejó la señora bien puesta y adentro se sintió la mujerzuela más apuesta. Se vino sin irse y él tuvo que notarlo porque al empezar a dar su diagnóstico dijo un par de incoherencias. A ella no le importó porque ya estaba aliviada y felizmente mojada. Le prescribió unos calmantes y la mandó donde la enfermera para que le aplicara una inyección. Ella la habría matado con gusto para que fuera él quien la inyectara, quien le inoculara su calentura. Estoy seguro que tuvo al menos un orgasmo cuando me contó su experiencia con lujo de detalles. Seguramente también tuvo más de uno cuando casi obligó a su marido a un juego de roles en el que ella hizo de sexy-enfermera y él de un Sebastián menos triplepapito y nada autocontrolado. 
© 2014, Malcolm Peñaranda.
¹ IPS = Institución Prestadora de Salud, figura administrativa del sistema colombiano de salud.
La Encantadora Señorita Viaggio Serie: ESCENAS DE CIUDAD Ciudad Escenario: Buenos Aires, Argentina. Cuando la conocí, apenas tenía dos añitos y hablaba a media lengua. No atinaba a decir juguito de naranja pero sí pronunciaba mi nombre perfectamente sin que nadie se lo repitiera. Todo un fenómeno lingüístico para descrestar hasta al más avezado y recorrido de los lingüistas. Conocerla era quererla porque te atrapaba inmediatamente con su ternura y su belleza tanto interna como externa. De su madre heredó la belleza y de su padre lo amiguera. Es todo un encanto. Te saluda cada mañana con un beso y una sonrisa absolutamente genuina que conecta su boca con sus bellos ojos, de esas que son imposibles de fingir. También cuando ríe lo hace con alma, corazón y aparato fonatorio completo. No querés verla llorar porque su llanto te hace sentir culpable aunque vos no tengás absolutamente nada que ver con lo que le haya pasado. Tiene una sensibilidad extraordinaria y disfruta por igual un concierto de piano de su primo o las canciones de One Direction, su grupo favorito. Casi todos los animales le despiertan ternura y tiene un conejo de carne y hueso y otro de peluche con el que pareciera haberse entrenado para el de verdad. Tiene tantas Barbies que te perdés cuando empieza a contarte las historias y cualidades de cada una de ellas. No entendés un carajo pero te morís de ganas de que te vuelva a explicar algo que en tu órbita de hombre jamás entrará. Difícilmente alcanzo a diferenciar una muñeca de la otra, pero ella pacientemente me explica cada una cuantas veces sean necesarias. Me derritió por completo cuando me dijo que la Barbie que le regalé para la navidad de 2012 era su favorita. Cualquier cosa que le regalás la aprecia, la usa, la agradece y entiende que se la regalaste porque la querés y querés verla feliz. Y es tan fácil hacerla feliz! Comprarle una empanada, un postre almendrado, invitarla a un jugo de naranja, sacarla a pasear o simplemente llevarla al parque, la ponen re-contenta. El verano pasado me acompañó a misa a una bella iglesia que hay cerca de su casa. Terminó comulgando porque quería saber para qué era que tantos adultos hacían la fila. Una católica impoluta, inocente y hasta inmaculada, a la vista de cualquier vieja rezandera. Lo que no pude explicarles fue que ella ni siquiera era católica, era simplemente curiosa, angelicalmente curiosa. Y divina, por dentro y por fuera, y no peco al decirlo. Le expliqué lo que hizo cuando volvió a la banca, pero seguramente ya lo olvidó y solamente lo recordará su tío putativo. Cuánto daría porque en realidad fuera mi sobrina, por abrazarla cada navidad, por verla sonreír con cada nueva Barbie! Me mostró Buenos Aires con sus ojos y su alma que es tan pura y prístina. Ella ve una ciudad mágica que los adultos no vemos. Se regocija con los pajaritos que escucha y luego localiza visualmente cual cazador escocés. Vos creés llevarla de la mano pero es ella quien te lleva a vos y te cambia la ciudad de la furia por la ciudad a la orilla del bosque encantado. Una vez la llevé a Puerto Madero, o me llevó ella, ya no lo sé, y me hizo sentir como en un capítulo de esos libros que leen los niños y los fascinan. En el bus urbano dejó a todo el mundo boquiabierto porque se portaba como toda una señorita. De finos modales y hablar mesurado. Ella no habla más de la cuenta y cuando habla, los pasajeros que practican el me-importa-culismo, no pueden evitar parar oreja para tratar de escuchar qué es lo que dice la encantadora niña de boquita de caramelo y ojos intensos, que todos quieren tener de hija o nieta. Socializa con todos los que la abordan y no tiene el más mínimo asomo de racismo, clasismo o jodismo, que es que como denominamos aquí al comportamiento de las niñas mimadas. En Puerto Madero caminamos, corrimos, saltamos y brincoteamos como un par de niños de kínder y hasta hubo un momento en el que me sentí con el síndrome de Heidi, Marco o cualquier caricatura de esas que me atrapaban de niño. Le encantan los helados de Freddo y vos te sentís más paternal que cualquiera viéndola ahí, disfrutando su helado, cuidando de no manchar su lindo vestido, con modales de princesa y el bello escenario veraniego de Puerto Madero. Me derretí más rápido que el helado en mi boca, pero traté de disimularlo para que ella no se diera cuenta de que andaba con un adulto chocho que parece duro y fuerte pero que ante ella es más blando que el algodón de azúcar. Entramos al barco museo y nos lo gozamos como un par de adolescentes que van al cine por primera vez. Y hasta el tipo vestido de capitán se quiso tomar fotos con ella. No pudo resistirse a su encanto angelical. No era yo el único debilucho. Sabe tomar fotos y le gusta tomarlas o que se las tomen. Es imposible tomarle un mal ángulo, no lo tiene. Su candor te recuerda a Pinina, el personaje con el que Andrea del Boca conquistó a todo el mundo hispanohablante. Quisieras que se quedara eternamente en sus siete años para idolatrarla por siempre. Pronunciar su nombre es un reto para cualquiera, incluso para los que hablamos varios idiomas, porque ni el español ni las otras lenguas romances registran ese sonido consonántico al final de ninguna palabra. Imagino lo divertido que debe ser escuchar a los españoles tratando de decirlo, pues si no dicen jamás Atlético, mucho menos van a decir Xóchitl. Terminarán españolizándolo, como hacen con cualquier sustantivo que no sea de origen ibérico, o quizás no estarán por la labor y simplemente terminarán refiriéndose a ella como la Encantadora Señorita Viaggio. © 2013, Malcolm Peñaranda.

domingo, 13 de octubre de 2013

jueves, 20 de enero de 2011

Quién te dijo a vos que las princesas planchaban?

Serie: ESCENAS DE CIUDAD
Ciudad Escenario: Medellín, Colombia

Patricia es una de esas mujeres que impactan desde la primera vez que las ves.
Es alta, bella, elegante y de nariz respingada esculpida por algún cirujano.
Habla con propiedad y su conversación envuelve y entretiene.
Siempre viste a la moda y se pone tacones muy altos que te duelen a vos, aunque sea ella la que los lleve puestos. Tiene cuerpo de diosa y ambición de mortal.
Su pelo es abundante y ondulado. A veces parece tener vida propia y te recuerda el comercial del champú que hacía Farrah Fawcett.
Dejó de cumplir años a los treinta y cinco y calcularle la edad requeriría de un matemático, un esteticista, un antropólogo y una vieja chismosa.
Su piel es tan lozana como la de una quinceañera y su maquillaje es suave, resaltado por unos labios perfectamente delineados y humectados que complementan un labial rosáceo que pone en evidencia una boca sutilmente coqueta.
Sus uñas tienen siempre un esmalte de un color indescriptible, de esos que solamente conocen las mujeres y que a los hombres nos supera porque difícilmente manejamos veinticuatro colores, los que traía la cajita de Prismacolor que nos compraban en el primer año de escolaridad.
Nació en un pueblo del suroeste antioqueño llamado Ciudad Bolívar, que aunque no tiene nada de ciudad, tenés que denominar así porque los oriundos de dicho lugar se emputan si le decís simplemente Bolívar. Es un pueblo grande y bonito, enmarcado en las montañas majestuosas de nuestra zona cafetera y lleno de árboles, caballos y mujeres hermosas.
Ella siempre fue la más linda del pueblo, la más deseada, la novia perfecta para el médico, el ganadero o el político que quería ser alcalde. Su padre era uno de los ricos del pueblo y le dio una educación privilegiada en colegio de monjas.
Su inteligencia destaca tanto como su belleza. Habría sido una excelente economista y se habría podido ganar no un premio Nobel sino dos, porque su habilidad económica la envidiaría cualquier empresa o entidad financiera. Pero nunca quiso ir a la universidad. Ella no buscaba títulos, buscaba marrano, más concretamente, un tontohermoso que la sacara del pueblo y la trajera a Medellín a codearse con la alta sociedad.
Lo encontró en Rafael, un empleado público de medio pelo que era hijo de otro rico del pueblo y al que le veía un futuro brillante como ingeniero.
Princesa de pueblo como era, Patricia se hizo la difícil y él tuvo que echar mano de toda su galantería y de uno que otro bolero para poderla conquistar. Una vez me contó que se le volvió un reto tan grande que cuando le dio el primer beso, sintió que se había ganado una medalla de oro.
De hecho se la ganó, porque cuando un hombre con cara de cliente fácil se casa con una mujer tan bella e inteligente, su desarrollo profesional empieza a dispararse.
Ella lo sacó de sus círculos sabatinos y sus viernes parranderos y lo catapultó a los clubes sociales, las fiestas donde comen cosas que él no sabe pronunciar y las galerías de arte donde él bosteza mientras ella sonríe y de vez en cuando le da un codazo para que no la haga quedar como un zapato.
Apenas pudo lo obligó a crear una empresa de asesorías ingenieriles y lo empoderó con una serie de contratos que les dieron casa en barrio fino, finca en sector exclusivo y un apartamento en Cartagena que él compró a regañadientes pero que hoy enfatiza como la mejor inversión de su vida. Ella tiene tanta visión que debería ser inversionista o asesor financiero y no ama de casa.
Pero es allí donde más despliega sus habilidades. Ir a su apartamento es una experiencia para los sentidos. Lo ha decorado con tan buen gusto que te da temor hasta sentarte en uno de sus sofás con cojines hindúes porque pensás que vas a manchar de plebeyo los muebles de su castillo.
Su hogar huele a una mezcla de medio oriente y campiña francesa. Su cuerpo también lo perfuma con las carísimas fragancias de L’Occitane, una cadena francesa que aquí tiene como clientela principal a las dediparadas.
Ella es la perfecta anfitriona y sus fiestas hasta salen en las crónicas sociales porque le encanta invitar a personalidades criollas y a uno que otro extranjero que visita la ciudad y que ella conoce en conciertos, galas de beneficencia o eventos académicos a los que invitan al marido.
Sus fiestas las describe como “fantabulosas”, un adjetivo que quizás ella misma se inventó para destacar que son fantásticas y fabulosas al mismo tiempo.
Es entonces cuando me invita a su casa y lo hace a través del marido, quien termina de convencerme recordándome que un par de veces me referenció un buen cliente y que uno nunca sabe dónde puede encontrar clientes potenciales. Rafael habla inglés montañero y me las ingenio para rescatarlo de sus metidas de pata monumentales en las que confunde soccer con sucker o dice que un “electric ingeniér”. Jamás me paga pero no me siento usado ni estafado porque sus fiestas son un gana-gana. Él queda bien y yo me divierto observando la fauna social que podría inspirarme muchas historias.
El tipo hace lo que su princesita le manda y aunque no podría asegurar que todavía la ama porque es un perruncho consumado que salta de cama en cama, jamás se divorciaría de ella porque esa mujer está tan bien conectada que supera a la mejor relacionista pública de cualquier empresa.
Ella es una mujer de detalles y de fina coquetería. La ves en el funeral de la mamá de un empresario, en el cumpleaños de un niño rico, en el prom de la vecina de mejor familia, en el rescate de un parapentista que se quedó enredado en unos cables eléctricos y hasta en la cena de las orquídeas, un evento de caridad que congrega a lo más distinguido de la sociedad y al cuerpo consular de la ciudad.
Es la dama bien hablada, bien vestida y bien emperifollada que quisieras tener de amiga, pero ella siempre ha sido clara que “no tiene amigos sino amigas porque las mujeres son más interesantes y complejas mientras que los hombres somos seres predecibles que siempre pensamos con la “cabecita”, cambiamos el vino por la asquerosa cerveza y desnudamos con la mirada a cualquier culiparada que nos pasa por el lado”.
Ella se esmera por hacerlos sentir especiales en sus fiestas y les echa piropos sutiles porque sabe que alimentando el ego masculino los tendrá comiendo en su mano y engordando la cuenta bancaria de su marido, quien le paga los viajes de compras a Miami, las excursiones a Europa y a las civilizaciones antiguas donde ella se identifica con faraones, zarinas y reinas caprichosas y por supuesto, las cirugías que ya la hacen parecer hermana de su hija universitaria.
A su marido en cambio, lo entretiene con un six-pack de cerveza, un televisor gigante para ver los partidos de fútbol y una revista de “soft porn” a la que lo suscribió una vez porque se la encimaban con su suscripción de Jet-Set, Hola o cualquier revista de chismes que ella devora con avidez mientras comenta cosas como “qué impresión!”, “me moríiiiiiiii con este papasote!” o “mirá vos, quien ve a esta tan chiquita y tan cuqui-contenta!”.
Es una impecable administradora del hogar y maneja a su servidumbre con una campanita de cristal dándoselas de aristocrática. Merca en distintos supermercados y plazas de mercado y hace rendir la plata como ninguna. Pero jamás aprendió a hacer ningún oficio doméstico y ni siquiera sabe cocinar. Cuando la empleada del servicio se enferma y no encuentra remplazo de última hora, se lleva la familia entera a un restaurante o pide domicilios. Si su esposo se pone pesado pidiéndole labores domésticas que derrumbarían su balcón de Julieta tropical, ella le grita su espectacular frase de combate:
Quién te dijo a vos que las princesas planchaban?

© 2010, Malcolm Peñaranda.

GOMELOS, CONCHETOS AND SIFRINAS: A NEW SOCIETY?

Series: City Scenes
Cities: Caracas, Buenos Aires and Medellín.

How far are those days when youth used to be a symbol of liberty, pride and willingness. Today it seems to have become a symbol of plastic glamour and artificial seduction. But the values, the common sense and the commitment to these days of dark sunsets in a nation going nowhere, just disappeared. And all this wave of ridiculous materialism and clichés, to our amazement, is highly supported by the wealthy families of Colombia.
As any other material trend, the phenomenon of gomelos, conchetos and sifrinas was imported by those so-called “misfit” students of Los Andes University in Bogotá. Where did it begin? In the luxurious and sophisticated sector of Las Mercedes in Caracas (Venezuela) as well as in the high-class neighborhoods of Buenos Aires (Argentina). It all started as a kind of imitation of the lifestyles presented in famous American TV series of the 90s such as “Melrose Place” and “Beverly Hills 90210”, which are being produced again in 2010 with a brand new cast. It was funny to see those beautiful Venezuelan girls dressed exactly equal to any Beverly Hills movie star. They would drive around and around Las Mercedes in their sports cars and would wait for the exact moment when the businessmen of Chacao arrived in the discos, to get in there walking as if they were top-models. Their entire talk was focused on their trips to Miami and the French Riviera and the big amounts of expensive clothes their daddies would buy for them in the most expensive boutiques of Caracas. They were called “sifrinas” and the poor people of Venezuela started associating them with Irene Sáez, the ex-Miss Universe who was elected as the mayoress of Chacao, one of the municipalities of the Metropolitan area of Caracas. Later, this kind of cult to Mister Vain touched the boys too. No longer than a month later, they were imitated by the yuppies of Buenos Aires and Bogotá, where they were called “conchetos” and “gomelos”. At the beginning, you could only see them in the bars of Zona Rosa and the hallways of prestigious universities like Los Andes, Javeriana or El Rosario. Today, they are everywhere in the North of Bogotá, El Poblado, Unicentro and La Mota in Medellín, Jardín Plaza and Chipichape in Cali, El Paraíso in Barranquilla, Cabecera del Llano in Bucaramanga and El Laguito in Cartagena.
How can you identify them? Well, it’s very easy. They always talk as if they were chewing gum, they always wear clothes with famous brands, sometimes they ride Harley-Davidson motorcycles, sometimes they wear just blue jeans and a white T-shirt. They always carry a Blackberry cellular phone or drive a fancy car. They will always act as if the world turned around them. They will always go to the best pubs and discos in Medellín, no matter if they only have money to drink a couple of beers. They always study or dream of studying in universities like Eafit, Ces or Bolivariana and their opinions on different topics will highly depend on what their “daddies” think about those topics.
It is like a carnival you can’t miss any Friday night at places like Melodie B (near Parque Lleras), Babylon (Las Palmas Road) or Blue Rock (10th Street in El Poblado), where you will see the most beautiful sifrinas of Medellín acting as if they were the sisters or cousins of Paris Hilton, Valeria Mazza or Naomi Campbell. And it’s just then when you start thinking: is this our youth, so empty, so shallow? Or is it just a new society?

© 2010, Malcolm Peñaranda.

Babel bajo el gazebo

Serie: ESCENAS DE CIUDAD
Ciudad Escenario: Buenos Aires, Argentina.

Volver a Buenos Aires era como regresar al calor de un verano real.
Un verano donde la calidez de los amigos calentaba más que el mismo sol.
El clima estuvo inmejorable pero una tormenta de emociones estallaba en mí.
Le pregunté a Nadia y a Sergio si mi camisa era la apropiada para la ocasión.
Me peiné los tres pelos de mil maneras para dar una buena impresión.
Me sentía como si asistiera a una entrevista laboral, a una primera cita y como si le estuviera pidiendo la mano a una princesa, todo al mismo tiempo y en el mismo lugar.
“Tenés que calmarte, loco! Qué van a pensar de vos?”, me dije una y otra vez. Los locos no escuchan. Ni siquiera las voces en sus cabezas.
Una fiesta de bienvenida en mi honor! El sólo pensarlo me parecía lindo, un gesto impagable de mis colegas y amigos. Tan sólo ver el alboroto que armaron en la lista cuando anuncié mi visita y les pedí que llevaran solamente comidas y bebidas argentinas para la joda, me emocionó hasta las lágrimas. No podía creer que se esmeraran tanto para sorprenderme. Merecía yo tales honores?
El momento llegó y me sentí más emocionado que aquella vez en la que asistí a una entrega de óscares. Esta vez iba a conocer en directo a todas las celebridades y por supuesto, las tenía que abrazar y besuquear. Un sueño hecho realidad. Tantos colegas y amigos que he admirado durante años, apenas a un abrazo de distancia!
El trayecto hasta la casa de Mariana se me hizo eterno, pese a que Sergio se esmeraba por mostrarme cosas nuevas de ese Buenos Aires que yo redescubría.
Al llegar tomé una foto de la casa, cosa que nunca hago, porque me parecía un sueño estar allí. Quizás era mi momento. Momento para la posteridad.
La casa era enorme y la anfitriona inmejorable. Mariana resultó ser una traductora muy inteligente, súper amable y mucho más joven de lo que imaginé. Su sonrisa dulce nos dio la bienvenida a un escenario cálido y acogedor.
Subir al segundo piso de la casa a través de una estrecha escalera de caracol fue todo un reto que superamos sin tragos en la cabeza. Bajarla fue otra cosa: un sutil acto de movimientos acompasados y suicidas después de los cuales querías gritar: “prueba superada!” al coronar el último escalón.
El segundo piso de la casa era una gran terraza en la que nuestra adorable anfitriona había preparado dos ambientes con esmero. Uno de ellos era el gazebo, donde nos acomodamos la gran mayoría y al que luego accedieron los demás cuando los invitados empezaban a irse.
Cada uno de ellos causó una impresión imborrable en mí. Cada uno de ellos dejó una huella indeleble en mi alma. Cada uno de ellos abrió una portezuela hacia un jardín secreto en el que quise oler y apreciar cada una de las flores. Quería robármelas y traérmelas a casa para iluminarla el resto del año. Pero un chico bueno no roba, si mucho pide prestado. Total, la aduana no me las dejaría pasar.
Con pocos minutos de diferencia, mis estrellas empezaron a llegar para deslumbrarme. Algunas ya estaban allí. Otras tímidamente brillaban desde lejos y yo queriendo bajarlas para pedirles un deseo.
Susi, la gran organizadora del evento y especializada en jodas, resultó ser una dama bella y elegante que no sólo admirás por su belleza y su desvivirse por hacerte sentir especial, sino por sus aportes y esa conversación mezcla de tino y elocuencia.
Bernie, con sus ojos llamativos e inmensos como el océano, me sorprendió no sólo con su verbo impregnado de gran trayectoria académica, sino con su personalidad afable que te hace sentir como que la conocés desde hace mucho tiempo.
Delia en cambio, es de más bajo perfil, parece tímida pero cuando rompés con ella el hielo, descubrís una dama adorable y de sonrisa amistosa.
Victoria, la dulce Victoria, con quien no pude conversar tanto como yo quería, dejó en mi recuerdo su mirada melancólica y esas ganas de abrazarla que aún hoy guardo.
Annie, la autora de tantas crónicas que me han divertido en mi insomnio traductoril, estuvo un tanto tímida y alejada esa noche. Tal vez mi lenguaje corporal no alcanzó a transmitirle lo mucho que quería disfrutar de su compañía y de su charla esa noche.
Gabriela Mejías por su parte, resultó ser abrazable, adorable y pellizcable.
Pepelú, aparte de su experiencia interpretativa, mostró su conocimiento de vinos y su encanto que hacía que varias de mis colegas lo rodearan.
Gladys estuvo un poco tímida, pero cada que podía le sacaba unas cuantas palabras.
María Emma y su esposo prodigaban simpatía y hasta me dieron tips para aprovechar mejor los encantos porteños.
Ruth, la traductora de alemán, al igual que Carmita, Virginia y la otra Susana, me sorprendieron con su conversa agradable.
Cada uno de mis colegas se esforzó por hacerme sentir bienvenido y querido.
María Clelia, luego de haberme mostrado pacientemente sitios claves de Buenos Aires, me daba vuelta de vez en cuando para asegurarse de que la estuviera pasando bien y probando cada ricura de la abundante comida.
Con ella me devolví a casa de Sergio en el taxi. Despedirme de ella era como una especie de déjà vu extraño. Era como decirle adiós a Cynthia en Nueva York, a Raschid en Londres o a Hannes en Amsterdam. Escenas de despedida en un taxi, caleidoscopios de emociones fraternales con hermanos que te da la vida.
Llegar luego a la casa del gran hermano fue estar envuelto en ese calor de hogar con el que me rodeó esa familia que me acogió y adoptó con tanto cariño.
Hoy, casi dos años después, la cascada de emociones sigue bañándome y renovándome para hacerme recordar que al sur del sur existió una Babel bajo un gazebo, unos seres inmensos que te hacen sentir en casa, una brisa de verano que no tumbaría torre alguna, una variedad gastronómica que te queda en el paladar y en los cinco sentidos, una bebé adorable que empezás a querer como si fuese tuya, un alimento para el alma que nunca querés digerir y un palpitar de un corazón que te grita que tu casa está donde están tus afectos.


© 2010, Malcolm Peñaranda.

viernes, 29 de enero de 2010

A CIDADE DA ALEGRIA

A cidade da alegria


Serie: Escenas de Ciudad
Ciudad Escenario: Porto Alegre, Brasil

Volver a Brasil después de tantos años fue como lanzarse a un océano nuevo.
Cuarenta años de recuerdos me atropellaron como un camión doble-troque y me levanté de la embestida como se levantaba el coyote en las caricaturas.
Entrar en este colapiscis de sabores, olores y colores tan diversos era como entrar a un mercado persa en el que no sabés qué comprar.
Mi lado brasilero despertó y me sentí un poco en casa, pero más como cuando regresás a casa después de una larga guerra y encontrás que tu casa cambió, que ya no están los viejos muebles, que los vecinos te miran con cara de “y vos quién sos?” y que las calles parecen ser las de una dimensión desconocida.
Brasil, meu Brasil. Un colage de identidades paralelas y a la vez disímiles. Un nación en proyecto donde los grupos étnicos dicen vivir en armonía pero todavía se muestran los dientes. Un país que se dice pacífico pero donde sus diez metrópolis registran a diario interminables guerras urbanas.
Mi primera faena cultural es una cena navideña con una familia de mormones.
Son muy amables, respetuosos y moderadamente abiertos. Les asombra que yo haya estado en Salt Lake City y conozca la mecca mormona mejor que ellos mismos.
La comida es abundante y deliciosa. Descubro que el salpicón para ellos es una ensalada mientras que para nosotros es una mezcla de frutas. Pruebo un nuevo animal: el chester, un curioso híbrido de pavo y gallina. Sabe bien. Me divierte el colorido del vestido de la anfitriona. Cuando pido que me pongan samba para ambientar la reunión descubro el racismo manifiesto en Robson, el muchacho de casa, quien dice que sólo baila samba con los dedos, porque es música de negros y aunque le suena bien, no le entra en el cuerpo.
En los días que siguen exploro la ciudad de la alegría para darme cuenta que ese eslogan se ha vuelto una utopía, que la gente sonríe poco y que la alegría ya no es brasilera. El crisol de razas, culturas y clases sociales no se mezcla del todo y las clases sociales son más marcadas que en muchos lugares del continente. El sistema de transporte es increíblemente organizado y cada bus urbano y vagón del metro tiene poemas que hacen los largos viajes menos tediosos. La ciudad es larga y estrecha como Chile, un chorizo lleno de edificios y gentes que van y vienen las 24 horas del día. Es casi tan grande como Medellín, pero mucho menos industrializada. El centro es horrible, como en cualquier ciudad grande. Entrar a los baños públicos es una aventura fétida de la que huís espantado y evitando respirar para no aspirar esos olores. La gente va siempre ensimismada y pasás completamente desapercibido. Mi portugués está más fosilizado de lo que imaginaba. Intento pequeñas empresas comunicativas y termino hablando portuñol o diciendo alguna insensatez. El calor es insoportable y el barullo de ciudad alcanza a alienarte.
Entrar en un banco, local comercial o cualquier espacio con aire acondicionado es entrar en el cielo. En Brasil todo es grande. Todo. Empezando por las distancias e incluyendo los almuerzos “a la minuta” en los que sirven en cantidades alarmantes, como si estuvieran llenando camioneros.
El metro es viejo y se asemeja más a un tren de cercanías. Al entrar en él empiezo a sentir los brasileros más cercanos, menos tangenciales. En una de las estaciones empiezan a acecharme con miradas escrutadoras. Había olvidado que en este país te hacen el amor sólo con los ojos, sin quitarte la ropa, sin tocarte siquiera. Miradas que me estrujan y violentan mi interior convirtiéndolo en un volcán en erupción. Pasan cuatro estaciones y dejo de sentir el ruido del tren para sentir el torrente de mi sangre que como lava pugna por salir de mi cuerpo. El bulto ya es indisimulable y la eyaculación amenaza con manchar mi pantalón. Recurro a una técnica tántrica para inyacular en vez de eyacular. El agua de vida salpica mis entrañas y fustiga mi cachondeo de latino caliente e insaciable. Es el momento en que el tren llega a su estación final: São Leopoldo. Me incorporo avergonzado como adolescente al que han sorprendido masturbándose. No hay kleenex. No hay silicio. Tan solo un sol candente que revuelve un cuerpo recalentado.
La política en estos lados es narcotizante. El pueblo vive de ilusiones y utopías. La maquinaria mediática del presidente Lula da Silva es imparable. Afuera se le asume como el redentor sudamericano, aquí se le ve más como el anciano marrullero que le da de comer a las palomas en el parque. Les tira pedacitos de felicidad y bienestar, pero el pueblo sigue empobreciéndose empeliculado con el cuento que se inventaron los economistas de que Brasil será ahora la nueva potencia del mundo. Tanta riqueza no se ve en la gente de a pié, que sigue sobreviviendo con sueldos miserables y productos básicos carísimos. La izquierda les mintió tanto como les mintió la derecha y ahora el exsindicalista se codea con los empresarios poderosos y llena su bolsillo izquierdo con los reales que le niega al sistema de salud que beneficia a los más pobres. Es tan corrupto como los anteriores, pero le apuesta al continuismo con una candidata títere que hará su voluntad y mantendrá su clientela mientras la constitución le permite volver. Al pueblo le seguirá dando pan y circo. Los payasos seguirán sonriendo aunque lleven en sus sienes coronas de espinas.
Ir a una playa de los alrededores es una experiencia particular. Tramandaí, a menos de dos horas de Porto Alegre en autobús, es una playa donde voy para hacer el ritual de las siete olas, pero no siento muchas ganas de sumergirme en un mar marrón y llego de algas. A praia do povo le dicen los locales. No hay garotas gostosas como imaginan en el resto de Latinoamérica. O se engordaron todas o simplemente las superaron kilométricamente las que ves en las playas caribeñas. Estas, al parecer, no han captado la estética de playa que impera en el Caribe. Pasean desvergonzadamente sus michelines con trajes de dos piezas que te hacen pensar que la moda sí incomoda. Los hombres exhiben sus barrigas como trofeos bávaros y sus pieles son de un blanco ofensivo. Ni siquiera tienen el rosado camarón de los blancos insolados en otras latitudes. Dan ganas de importarles el aceite de coco que venden las negras en Cartagena y que le garantizan a nuestras musas un perfecto bronceado.
El aire del mar me renueva y recargo energías para dar un salto largo hacia mi próximo abismo, Brasil adentro, donde moran los fantasmas y los recuerdos te rondan como dragones a chinos esqueléticos que todo lo resuelven con artes marciales. Mi sable no alcanza a rozar siquiera la piel dura del destino.

© 2010, Malcolm Peñaranda.
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