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sábado, 4 de enero de 2014

 
Auscultando el fuego 
Serie: ESCENAS DE CIUDAD
Ciudad Escenario: Medellín, Colombia

Catalina es una de esas mujeres que enloquece a hombres y mujeres en cualquier lugar del mundo. Alta, de cuerpo marcadamente voluptuoso, tetiperfecta y culidivina, de cabello castaño largo y ojos color avellana, te hace recordar la belleza de las mujeres persas, árabes y rusas. 
Pero ella es ciento por ciento paisa, digna representante de las mujeres más bellas no sólo de Colombia, sino de Latinoamérica entera. Solamente un detalle la hace parecer extranjera: sus piernas largas, increíblemente largas, que la convierten en una mujer atípica de esta región del mundo. Cuando camina por la calle deja a cada hombre heterosexual parolo, a cada lesbiana dudando de su tan proclamada fidelidad y a las demás mujeres, heteroconfundidas. Sus labios carnosos y su mirada coquetona que derriten a cualquiera y su cuerpo endiablado hacen que la asociés con el más peligroso de los elementos: el fuego. 
Ha hecho estrellar a más de un conductor y los taxistas se pelean por llevarla y hasta se rehúsan a cobrarle. Nunca quiso ser modelo ni mucho menos reina de belleza, pero si lo hubiese hecho, quizás se habría ganado todos los títulos. Empero, le faltaba una condición esencial: nunca ha sido apelotardada. Jamás dice estupideces y le emputa que los hombres crean que toda mujer bonita es bruta. 
Ella prefirió ser economista y terminó como corredora de bolsa y rápidamente se ganó los odios de muchos compañeros de trabajo por su éxito profesional. Un día no aguantó más la presión y cambió ese mundo de ingresos fabulosos por un empleo de bajo perfil en una compañía de medio pelo donde no tiene que competir con nadie. Ahora se libró de buena parte del estrés que le opacaba su universo de femme fatale, pero le quedó el peor de los males: un lumbago que de vez en cuando la atormenta. Consultamos en la misma IPS¹ e incluso compartimos los mismos médicos: el familiar y el de atención prioritaria. Aquel día acudió a la IPS porque le estaba empezando un lumbago y como ya antes la habían dejado casi inmóvil, no quería que esa vez le volviera a pasar. Era una tarde de viernes y se había tenido que volar de la oficina para que la atendieran como prioritaria. Tenía puesto un vestido rojo pasión que marcaba sugestivamente su cuerpo de diosa. Era vaporoso, de una tela muy suave, porque después de la temporada de lluvias nos empezaba a afectar la temporada seca y el calor ya era desesperante. 
Como si no bastara con su vestidito rojo, pecaminosamente alto y resaltador de sus curvas, la acompañaba una de sus colegas, la más fea de la oficina, medio langaruta ella, que destacaba aún más la belleza de Catalina. Sebastián, el médico de atención prioritaria, era su contraparte perfecta en el lado masculino: uno de esos tipos que paran el tráfico y alivian a las pacientes con sólo mirarlas o tocarlas. Las solteronas ganosas se fingen enfermas para que él las ausculte. Más de una se moja, y no precisamente con agua. No es muy alto pero sí es musculoso, culiapretado y con una piel tan perfectamente bronceada que los dioses del Olimpo no habrían podido darle. Sus facciones son muy masculinas y sus ojos de mirada penetrante y embrujadora. El macho alfa con acento paisa, sonrisa matadora y una voz de teniente montador que hizo que Catalina empezara a olvidar su lumbago. Catalina parece tener un fetiche odontológico, pues cuando está al lado de un hombre de dientes perfectos, se le olvida hasta que ya tiene marido y no puede andarse antojando de cualquier mucharejo que le pele la muela y algo más. El pobre Sebas tuvo que contenerse para no excitarse ante la vista de semejante mujerón que lo puso nervioso y lo hizo titubear al saludarla. Ella lo notó de inmediato y empezó a calcular cuántos segundos o minutos pasarían antes de que él evidenciara una erección bajo el visajoso uniforme tipo piyama que impide que los médicos oculten sus emociones. Catalina en cambio, no tenía mucho interés en ocultar las suyas. Ella siempre ha sido una mujer de armas tomar y de hombres debilitar. La auscultación empezó con las preguntas rutinarias y el chequeo físico que él le hizo primero con el bajalenguas y el aparato para chequear los oídos que ningún paciente sabe cómo carajos se llama. Tampoco entendemos por qué nos chequean la boca y los oídos cuando lo que nos duele es la espalda. 
Pero ella estaba feliz de que él le chequeara cada orificio, cada superficie de mujer en la que su piel ardía y su sangre empezaba a hervir como si la hubiesen condensado en una tetera nueva. Cuando el bajalenguas entró en su boca, ella sintió una especie de fiebre que no se puede registrar en ningún termómetro. Ese pequeño instrumento de madera lo sintió fálico, inmenso, violador de su boca atrapante. Sus labios se apartaron suavemente y ella ya no podía distinguir si eran los de arriba o los de abajo. Mujer en erupción que superaba cualquier volcán. Si hubiesen llamado a los bomberos, se los habría comido a todos. Ella quiso morder sus dedos y los de él, escupir el bajalenguas y pedirle que la besara y que en vez de la lengua le bajara su tanga y la tirara lejos. Lo habría vuelto su ginecólogo sin diploma, su médico de película porno que sólo dice palabras sucias y hace cosas ricas. El solo imaginarlo la hizo arquear sus piernas y poner en evidencia su primer orgasmo auscultativo. Imagino al atormentado Sebas luchando entre su ética médica y su arrechera de hombre como Ulises entre el mar y las sirenas. El chequeo siguió con la parte más difícil: aquella en la que ella se tuvo que despojar putanamente de su vestidito rojo y dejar al descubierto un cuerpo escultural que ni el más frío de los médicos podría ignorar. La hizo ponerse una bata de paciente gorda mientras fingía que escribía algo en su historia clínica pero no dejaba de mirarla achantado y excitado. 
Ella sabía que lo tenía en sus manos pero no podía perder la compostura ni violarlo en su consultorio fácilmente invadible por cualquier enfermera impertinente. Se acostó dócilmente en la camilla, boca-abajo y dejando en relieve su prominente culo caza-maridos. Su tanguita roja apenas si cubría tan apetitoso pedazo de carne. La raja se asomaba descaradamente como invitándolo a quitar con sus dientes esa tanga estorbosa que lo conduciría por un valle marrón a un paraíso rosa. El médico en él seguramente encendía su monitor moral, pero quizás el hombre en él se mordía los labios pensando cómo controlaría sus manos para que no se deslizaran hacia donde la espalda cambiaba de nombre. Ella no podía verlo, pero imaginaba sus pensamientos lujuriosos. Cuando sus manos tocaron su espalda, el lumbago de Catalina ya no existía, o quizás lo había obliterado el calor de esas manos que ella sintió tan cálidas, tan calientes y luego tan ardientes. Él le hizo unas cuantas preguntas que ella respondió de manera automática porque ya no estaba allí. Ya ella caminaba la senda de Eros y su cuerpo mortal era ahora el de una diosa. Mordió sus labios y apretó sus manos desesperadamente. Gritó para sus adentros y arañó las paredes sin tocarlas siquiera. Su bestia interior devoró unos cuantos cervatillos sin poder saciar sus ansias. Ella experimentó en segundos varias poses del Kama Sutra pero se encaprichó con la de la carretilla. Perdió la noción del tiempo, del dolor, del placer, del deber ser. Afuera dejó la señora bien puesta y adentro se sintió la mujerzuela más apuesta. Se vino sin irse y él tuvo que notarlo porque al empezar a dar su diagnóstico dijo un par de incoherencias. A ella no le importó porque ya estaba aliviada y felizmente mojada. Le prescribió unos calmantes y la mandó donde la enfermera para que le aplicara una inyección. Ella la habría matado con gusto para que fuera él quien la inyectara, quien le inoculara su calentura. Estoy seguro que tuvo al menos un orgasmo cuando me contó su experiencia con lujo de detalles. Seguramente también tuvo más de uno cuando casi obligó a su marido a un juego de roles en el que ella hizo de sexy-enfermera y él de un Sebastián menos triplepapito y nada autocontrolado. 
© 2014, Malcolm Peñaranda.
¹ IPS = Institución Prestadora de Salud, figura administrativa del sistema colombiano de salud.

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