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sábado, 4 de enero de 2014

La Encantadora Señorita Viaggio Serie: ESCENAS DE CIUDAD Ciudad Escenario: Buenos Aires, Argentina. Cuando la conocí, apenas tenía dos añitos y hablaba a media lengua. No atinaba a decir juguito de naranja pero sí pronunciaba mi nombre perfectamente sin que nadie se lo repitiera. Todo un fenómeno lingüístico para descrestar hasta al más avezado y recorrido de los lingüistas. Conocerla era quererla porque te atrapaba inmediatamente con su ternura y su belleza tanto interna como externa. De su madre heredó la belleza y de su padre lo amiguera. Es todo un encanto. Te saluda cada mañana con un beso y una sonrisa absolutamente genuina que conecta su boca con sus bellos ojos, de esas que son imposibles de fingir. También cuando ríe lo hace con alma, corazón y aparato fonatorio completo. No querés verla llorar porque su llanto te hace sentir culpable aunque vos no tengás absolutamente nada que ver con lo que le haya pasado. Tiene una sensibilidad extraordinaria y disfruta por igual un concierto de piano de su primo o las canciones de One Direction, su grupo favorito. Casi todos los animales le despiertan ternura y tiene un conejo de carne y hueso y otro de peluche con el que pareciera haberse entrenado para el de verdad. Tiene tantas Barbies que te perdés cuando empieza a contarte las historias y cualidades de cada una de ellas. No entendés un carajo pero te morís de ganas de que te vuelva a explicar algo que en tu órbita de hombre jamás entrará. Difícilmente alcanzo a diferenciar una muñeca de la otra, pero ella pacientemente me explica cada una cuantas veces sean necesarias. Me derritió por completo cuando me dijo que la Barbie que le regalé para la navidad de 2012 era su favorita. Cualquier cosa que le regalás la aprecia, la usa, la agradece y entiende que se la regalaste porque la querés y querés verla feliz. Y es tan fácil hacerla feliz! Comprarle una empanada, un postre almendrado, invitarla a un jugo de naranja, sacarla a pasear o simplemente llevarla al parque, la ponen re-contenta. El verano pasado me acompañó a misa a una bella iglesia que hay cerca de su casa. Terminó comulgando porque quería saber para qué era que tantos adultos hacían la fila. Una católica impoluta, inocente y hasta inmaculada, a la vista de cualquier vieja rezandera. Lo que no pude explicarles fue que ella ni siquiera era católica, era simplemente curiosa, angelicalmente curiosa. Y divina, por dentro y por fuera, y no peco al decirlo. Le expliqué lo que hizo cuando volvió a la banca, pero seguramente ya lo olvidó y solamente lo recordará su tío putativo. Cuánto daría porque en realidad fuera mi sobrina, por abrazarla cada navidad, por verla sonreír con cada nueva Barbie! Me mostró Buenos Aires con sus ojos y su alma que es tan pura y prístina. Ella ve una ciudad mágica que los adultos no vemos. Se regocija con los pajaritos que escucha y luego localiza visualmente cual cazador escocés. Vos creés llevarla de la mano pero es ella quien te lleva a vos y te cambia la ciudad de la furia por la ciudad a la orilla del bosque encantado. Una vez la llevé a Puerto Madero, o me llevó ella, ya no lo sé, y me hizo sentir como en un capítulo de esos libros que leen los niños y los fascinan. En el bus urbano dejó a todo el mundo boquiabierto porque se portaba como toda una señorita. De finos modales y hablar mesurado. Ella no habla más de la cuenta y cuando habla, los pasajeros que practican el me-importa-culismo, no pueden evitar parar oreja para tratar de escuchar qué es lo que dice la encantadora niña de boquita de caramelo y ojos intensos, que todos quieren tener de hija o nieta. Socializa con todos los que la abordan y no tiene el más mínimo asomo de racismo, clasismo o jodismo, que es que como denominamos aquí al comportamiento de las niñas mimadas. En Puerto Madero caminamos, corrimos, saltamos y brincoteamos como un par de niños de kínder y hasta hubo un momento en el que me sentí con el síndrome de Heidi, Marco o cualquier caricatura de esas que me atrapaban de niño. Le encantan los helados de Freddo y vos te sentís más paternal que cualquiera viéndola ahí, disfrutando su helado, cuidando de no manchar su lindo vestido, con modales de princesa y el bello escenario veraniego de Puerto Madero. Me derretí más rápido que el helado en mi boca, pero traté de disimularlo para que ella no se diera cuenta de que andaba con un adulto chocho que parece duro y fuerte pero que ante ella es más blando que el algodón de azúcar. Entramos al barco museo y nos lo gozamos como un par de adolescentes que van al cine por primera vez. Y hasta el tipo vestido de capitán se quiso tomar fotos con ella. No pudo resistirse a su encanto angelical. No era yo el único debilucho. Sabe tomar fotos y le gusta tomarlas o que se las tomen. Es imposible tomarle un mal ángulo, no lo tiene. Su candor te recuerda a Pinina, el personaje con el que Andrea del Boca conquistó a todo el mundo hispanohablante. Quisieras que se quedara eternamente en sus siete años para idolatrarla por siempre. Pronunciar su nombre es un reto para cualquiera, incluso para los que hablamos varios idiomas, porque ni el español ni las otras lenguas romances registran ese sonido consonántico al final de ninguna palabra. Imagino lo divertido que debe ser escuchar a los españoles tratando de decirlo, pues si no dicen jamás Atlético, mucho menos van a decir Xóchitl. Terminarán españolizándolo, como hacen con cualquier sustantivo que no sea de origen ibérico, o quizás no estarán por la labor y simplemente terminarán refiriéndose a ella como la Encantadora Señorita Viaggio. © 2013, Malcolm Peñaranda.

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