Google+ Followers

Loading...

Seguidores

miércoles, 9 de julio de 2008

Homo Traductorens

Homo Traductorens

Serie: ESCENAS DE CIUDAD

Ciudad Escenario: Medellín, Colombia

En una estrecha oficina de profesor de universidad pública

se refugia un hombre que imaginás un poco Ícaro, un poco unicornio.

Es una especie rara, en vía de extinción más no de rendición.

Conocerlo es quererlo y quererlo es tenerlo en ese pedestal infranqueable

en el que sólo ubicamos aquellos seres humanos que nos deslumbran.

Me enseñó que traducir es hacerle el amor a las palabras

y que el que juega con el verbo ensalza el cuerpo.

Jamás se le oye hablar mal de nadie y de aquellos que tienen muchos

defectos y miserias, simplemente asegura que son seres en evolución.

Cuando me lo presentaron se me describió como poeta de emociones ajenas

y luego me explicó que el que traduce interpreta lo que la novia tímida no dice ya sea por pudor, por pobreza lexicográfica o por ser emocionalmente analfabeta.

De las viejas paredes de ladrillo de su oficina cuelgan frases célebres y pedazos de poemas en varios idiomas y estilos.

Te recita de memoria los poemas de Rimbaud y te hace estremecer con su voz cansada que suena a llamado de arcángel en perfecto francés.

Jamás ha salido del país pero te habla cinco idiomas con mejor acento y entonación que vos, que yo y que muchos hablantes nativos.

Su gran talento lingüístico lo hace parecer un diccionario de sinónimos con corazón.

Se ha dado el lujo de traducir desde panfletos incendiarios hasta novelas de temáticas diversas, pasando por aburridos ensayos filosóficos.

Si la universidad tuviese cuerpo sería el suyo porque su mente alberga tantos saberes como placeres y jamás se cansa de leer o de aprender.

Con él podés hablar de economía, de arte, de medicina y de los tres tabúes latinoamericanos: sexo, política y religión.

Es un firme convencido de que si las mujeres tienen un sexto sentido, los hombres tenemos un sexo sentido.

Cada domingo lo podés ver en Campos de Paz, hablándole a la tumba de su difunta esposa, recitándole a Neruda o explicándole a Goethe.

Tiene un hijo calavera, como tantos traductores, quien pese a rondar ya la trentena no se ha graduado de ninguna carrera y parece estudiante eterno.

Cuando abrieron el programa de traducción y le asignaron su cátedra de traductología pensábamos que le daría un infarto de tanta emoción contenida.

Era como si a un niño pobre le hubiesen comprado el juguete más caro.

Durante semanas enteras ensayó y preparó sus clases y a todos sus colegas nos preguntó: “creés que con esto los cautivaré o tendré que comprarme una guitarra?”.

Sus clases son una experiencia única, irrepetible y sus alumnos lo admiran y lo respetan como al abuelo sabio que quizás nunca tuvieron.

Es estricto y exigente, pero jamás hiriente.

A los aprendices de traductor como yo nos da lecciones de estilo, de redacción, de lógica gramatical, de manejo de clientes torpes y sobretodo, de vida.

Alguna vez me dijo que había matado ya al dragón y ahora me asustaba con el tigre.

En tono severo que se me antojó a la vez dulce me sermoneó: “mirá vos, escribiste novelas, cuentos y crónicas y ahora te dejás embestir por un simple texto?”

Dice que si la reencarnación existe y vuelve a nacer, escogerá ser traductor, porque Dios lo escogió a él para que le imprimiera a las palabras un toque celestial.

Podés catalogarlo de divino sin temor a blasfemar, porque su sapiencia, su sonrisa benévola y su inagotable deseo de ayudar a los demás son la prueba de que Dios existe.

Su amor por los animales te enternece y te vuelve cómplice de sus caprichos.

Tiene una mascota ajena que a la vez es pública porque no es de nadie.

Es una perra chandosa que desayuna de sus sobras y se echa a sus pies a hacer la siesta.

La mayor parte del año vive sucia y desaliñada, pero en diciembre él mismo la baña y la acicala para ponerle un vistoso moño rojo que simboliza la navidad y el amor.

Cuando le preguntás por qué no la adopta totalmente y se la lleva a vivir con él,

te responde que la quiere tanto que si la tuviera en casa perdería su objetividad y ya no podría regañarla por perseguir gatos y palomas.

Añade que en su casa sólo tiene espacio para el recuerdo de su gorda linda y para uno que otro libro que le refuerza la idea de que los seres humanos sí podemos ser inmortales.

A veces pienso que los traductores tenemos tanto amor para dar que lo volcamos en mascotas, plantas, amantes y hasta en alumnos desagradecidos.

Que se revuelquen los romanos en sus tumbas que hoy me deben estar condenando por este mal uso del latín, pero ante sus embestidas verbales de ultratumba solamente puedo refutarles, si existe un homo sapiens, por qué no un homo traductorens?

© 2008, Malcolm Peñaranda.

Camargo El Amargo

Camargo El Amargo

Serie: ESCENAS DE CIUDAD

Ciudad Escenario: Colón, Panamá

Despertar en cualquier ciudad latinoamericana tiene un toque común.

Es quizás el sabor de una gastronomía tan diversa como exquisita.

Tal vez el color de un cielo que usualmente es azul o policromático.

También puede ser el olor, ese olor a trópico que aún en la gélida Buenos Aires se transforma en un olor a río que parece mar y que se mezcla con el de edificios viejos.

Otra cosa es despertar en el infierno. Y es que Colón literalmente lo es.

No he conocido ciudad más desagradable en el continente americano.

Pensaba que haber estado en India, Bolivia, Nicaragua y Checoslovaquia habían acorazado mi olfato sensible contra olores insoportables.

Lejos estaba de imaginar que existía Colón, un total atentado a los sentidos.

Cuando transitás por el centro de esta ciudad te das cuenta que la suciedad no conoce límites. Existen aguas negras y verdes represadas por doquier.

La ciudad está llena de chinos cochinos y gente que come cualquier fruta y tira las cáscaras a la acera como si no les importara nada ni nadie.

Pero si te golpea el olfato desde el momento mismo que entrás a este puerto caótico, la vista no se queda atrás, pues no hay más que edificios viejos, medio demolidos, sucios y vandalizados donde supuestamente viven familias enteras.

Te encontrás con una zona franca que mueve millones de dólares que al parecer no alcanzan para hacer construcciones dignas que por lo menos no dé asco ver.

La piel te la golpean el calor excesivo y la humedad de una selva húmeda tropical que parece estar a miles de millas de la civilización, cuando sólo la separan 50 millas de la capital del país por una carretera espantosa y tercermundista.

La corrupción es evidente en todo el abandono que hace que la ciudad parezca congelada en los inicios del siglo XX.

Todo lo anterior es el caldo de cultivo para Salvador Camargo, un político mediocre que más bien es politiquero y manipulador como el que más.

Mis anfitriones panameños despertaban cada día con su programa de radio, un supuesto espacio noticioso en el que el sujeto despotricaba de todo Colón, medio Panamá y le sobraba lengua para analizar los demás países latinoamericanos.

Como todos los politiqueros, tiene una solución para cada problema, por difícil que parezca. La palabra imposible no hace parte de su vocabulario.

Propone mil fórmulas para que la ampliación del canal de Panamá sea más rentable.

Sugiere construir un muro entre Colombia y Panamá como el de México o Israel.

Opina que los panameños deben contrarrestar la arrogancia de los costarricenses con misiones culturales que muestren la riqueza cultural de Panamá.

Piensa que Chávez le debería vender gasolina barata a su país y que el Queen Elizabeth II debería traer además de turistas, a la mismísima reina de Inglaterra.

Su discurso trasnochado es como una diarrea verbal en la que uno se pregunta si el tipo respira al hablar, si conectó antes el cerebro o si habrá desayunado alacranes.

Sus palabras denotan amargura por rivalidades políticas, celos profesionales y hasta violencia de género dado que a las mujeres las objetiviza cual galán de pueblo.

De vez en cuando hace referencia a los gringos y en su inglés chumeco cita una cantidad de documentos y leyes del congreso norteamericano que dice conocer.

Reitera que los gringos les devolvieron el canal pero no la soberanía y que el mundo entero los sigue viendo como el estado 51.

Les recuerda a sus oyentes por quién deben votar en las próximas elecciones, saluda a la comadre Evelia, le da consejos matrimoniales a un oyente y le habla del poder sanador de Jesucristo a otro.

Aquellas mañanas recordé un dicho muy popular y muy racista que tenemos en Colombia: “no hay nada más peligroso que un negro con plata”.

Me parece que se equivocaron, sí lo hay: un político con programa de radio.

© 2008, Malcolm Peñaranda.

Mujeres en tránsito

Mujeres en tránsito

Serie: ESCENAS DE CIUDAD

Ciudad Escenario: Medellín, Colombia

Primera Escena

Aleida es una costeña de racamandaca.

Liberal y liberada, aprendió desde niña a ignorar chismes y rumores.

A sus cuarenta y tantos conserva un cuerpo que cualquier adolescente sueña.

Se maquilla acentuando su nariz y sus pómulos y su labial es de tonos rojos, rosas o violetas, lo que resalta su personalidad apasionada.

Camina con contoneo de mujer coqueta y siempre culiparada.

Habla con voz pausada y oblitera su acento con expresiones muy paisas.

De su exmarido le quedó su posición social y el recuerdo de un gélido desempeño sexual que nunca equiparó su naturaleza volcánica.

Ahora busca hombres apasionados, preferiblemente divorciados y maduros.

Cayó en las garras de Felipe, un adolescente de 47 años, típico depredador sexual que vive su segunda adolescencia brincando de cama en cama y de década en década.

Él le propuso que fueran una pareja abierta y ella aceptó con la ilusión de enamorarlo con sus encantos y hacerlo cambiar de opinión.

Ella en el fondo sabía que él nunca iba a renunciar a su harén ni a sus ansias de reafirmar aquello de que “entre más canas, más ganas”.

Él se la gozó y agregó algunos capítulos a su diario de Casanova. Ella se empezó a enamorar y se alejó para no terminar siendo otro pedazo de carne.

Ahora la podés ver en los casinos o en las más exclusivas boutiques de los centros comerciales, en tránsito hacia un hombre maduro y serio que quizás sólo exista en su utopía de mujer ardiente.

Segunda Escena

Cristina es la típica mujer escurridora que te divierte con su cinismo y desfachatez.

Tiene un principio de realidad tan fuerte que te quedás preguntándote si es una armadura o simplemente un signo de una personalidad realista y equilibrada.

Siempre tuvo claro que entre soltera y solterona había muchos hombres de diferencia.

Por eso guardó debajo de la cama la decencia y se empezó a poner minifaldas a los catorce para irse a bailar y brinconear en las chiquitecas de su barrio.

Habla de su primera vez como si fuera un muchacho que presume de ello y saborea cada palabra cuando nos dice medio murmurando: “y me hizo venir!”.

Cambió al hombre de sus sueños por el barrigón de sus pesadillas.

Hoy le apuesta a que su esposo se aburra de sus costosos antojos o de sus infidelidades.

Mala suerte. El tipo está más encoñado que soldado de sirvienta tetona.

Ella no lo quiere pero lo disfruta y lo escurre, literalmente, porque dice que su gordo no solamente le encontró el punto G sino que ya hasta le exploró el paralelo Z.

Empero, Cristina también saborea cuanto ejecutivo desparchado encuentra en los bares de los hoteles de cinco estrellas, en tránsito hacia una galaxia repleta de hombres ricos y ganosos.

Tercera escena

Eliana se cansó de esperar a “Mister Right” y empezó a conformarse con “Mister Right Now!”.

El príncipe azul se le volvió viejo verde y canjeó las zapatillas de cristal por unas buenas prótesis mamarias que la hacen sentir como toda una reina.

Ha estado en todos los grupos de “solos y solas” y ha chateado con toda clase de pervertidos. Hasta se fue a Bogotá un fin de semana para conocer a un ciber-amante que, según ella, le resultó “tamal sin carne” y la dejó iniciada.

Es promiscua por naturaleza y selectiva por recomendación de sus amigas.

Mira a los hombres de pies a cabeza y a todos les hace la ecuación de la colegiala.

Jamás sale a la calle sin maquillarse ni se pone chaquetas o sacos por mucho frío que haga afuera. Arguye que opacarían su “pechonalidad”.

Intenta posar de intelectual y termina posando con una flexibilidad memorable.

Le encanta jugar a la botella y asegura que nadie baila como ella.

Sigue apostándole a los gringos ilusos que vienen por estos lados buscando esposa bajo la premisa de que las latinas son hacendosas y casi tan sumisas como las asiáticas.

Se ha apuntado a mil cursos de francés que nunca aprendió pero se empezó a sentir francófona cuando memorizó la frase “voulez vous coucher avec moi?”.

Se pavonea por los sitios más exclusivos en su Volkswagen último modelo, en tránsito hacia una autopista donde lluevan hombres todo terreno y el límite de velocidad sean sus combustibles ganas.

© 2008, Malcolm Peñaranda.

El discreto encanto mendocino

El discreto encanto mendocino

Serie: ESCENAS DE CIUDAD

Ciudad Escenario: Mendoza, Argentina

Mendoza es una de esas ciudades a las que uno quiere volver.

Situada muy cerca del Aconcagua, huele a montaña y a vino.

Sus calles son limpias y agradables, invitan a caminarlas.

Algunas tienen cafecitos encantadores donde tomarse algo es una delicia.

Sus habitantes son increíblemente sencillos y te saludan con una sonrisa.

Te dan la bienvenida, te hablan de vino y de las tierras hermosas que rodean la ciudad sin ánimos de presumir o impresionarte.

Rápidamente te hacen olvidar la grosera bienvenida que te dan en la frontera andina entre Chile y Argentina.

Te perdonan incluso que no sepás mucho de vinos o de tango.

Sus mujeres tienen piel bronceada y curiosamente las llaman “morochas”, siendo como son, de tez blanca y facciones caucásicas.

Sus hombres no van caminando apuradamente para llegar a algún lado sino que flotan con pasos calmados y hasta se detienen para tomarte una foto o darte información de algún lugar.

No tiene el bullicio de las capitales y su tránsito es ordenado.

Sus parques son apacibles y sus árboles te refrescan en verano.

La ciudad entera se despliega ante tus ojos como mujer enamorada.

Te querés pellizcar para averiguar si en realidad estás en una ciudad tan apacible y acogedora.

Te olvidás por completo del tiempo cuando te sentás en un café que tiene decoración parisina, atmósfera italiana y aroma de té hindú.

Te rascás la cabeza preguntándote cuál será la real diferencia entre un croissant y una medialuna.

Te dejás llevar por una suave brisa que sólo te suelta cuando vos te das cuenta que no estás en la proa de un crucero y que levantar los brazos te haría ver como un clon desmejorado de Leonardo Di Caprio.

Querés perderte entre el barullo italianizado de la gente y encontrarte en la majestuosidad de los Andes.

Pasan un par de días luego de tu partida, y todavía no te sobreponés al tener que poner los pies en la tierra, más aún cuando tus alas están impregnadas de ese discreto encanto mendocino.



© 2007, Malcolm Peñaranda.

Herminda La Agorera

Herminda La Agorera

Serie: ESCENAS DE CIUDAD

Ciudad Escenario: Medellín, Colombia

Herminda es una de las mujeres más supersticiosas que he conocido.

Sigue cuanto agüero y creencia conoce, le cuentan o ha oído.

Su casa es un templo de amuletos, contras y rituales

que adornan espacios, puerta, ventanas y ventanales.

Jamás le regala ni le pide sal a nadie porque dice que se sala;

Tiene una contra del Indio Amazónico junto a un Cristo de Guatemala.

Con absoluta desfachatez religiones y creencias mezcla

y cuando le cuestionan su fe se pone de lo más molesta.

Las manzanas verdes nunca se las come;

Las cuelga de sus plantas para que le avisen cuando el maligno asome.

Dice que si se empiezan a secar o a pudrir

es porque algún brujo o vecina chismosa la quiso destruir.

Se volvió más paranóica y agorera cuando a los veinte

su novio la dejó plantada en el altar ante mucha gente.

Era un martes y aquello de “ni te cases ni te embarques”

dejó un siabor tan amargo como el del tamarindo de los Márquez.

Intentó encontrar una explicación en la religión, en lo oculto, en el chocolate

que lee juiciosamente mientras contempla su vestido blanco en el escaparate.

Vírgen se quedó y cada ritual de año nuevo siguió:

corrió con maletas, tres papas peló y doce uvas se comió

Se bañó en el mar a medianoche y hasta muñeco de vudú se compró,

pero ni fumándole el tabaco con una pitonisa, su novio volvió.

Renunció entonces a los hombres y se refugió en sus mascotas;

hoy por hoy alimenta tórtolas y hace fuerza cada viernes cuando giran las balotas.

Porque siempre compra un quinto de lotería y juega chance

con la firme esperanza de que el premio para pagar deudas le alcance.

Vive apretada con los pocos ingresos que obtiene de hacer edredones

pero tiene una planta de “milonaria” que cuida montones.

También se compró una moneda china envuelta en una cinta roja

y los hilos de su móvil esotérico cada mes afloja.

Siempre barre de puertas para afuera y la basura nunca arrincona

y mucho menos barre sobre los pies de persona alguna para no dejarla solterona.

Suficiente tuvo con convertrise ella en una y a su nombre le ata

el que ahora además de solterona tenga nombre de beata.

Nunca pasa debajo de una escalera ni mucho menos debajo de un triángulo

y tampoco se deja fotografiar de perfil porque dice que no es su mejor ángulo.

Le huye a los gatos negros y dejó de visitar a su prima cuando se le quebró un espejo

porque sintió que siete años de mala suerte no tenía por qué vivirlos su pellejo.

Empero, una tarde un par de ladrones entraron a su casa y la drogaron

con escopolamina en su café y de sus joyas la despojaron.

Si hubiera probado hombre habría aprendido a ser más desconfiada

porque talismanes, sortilegios y agüeros la mantienen empeliculada.

Aunque afuera la gente convive con ellos y uno que otro mito

El que ella sea tan agorera les importa un pito.

© 2007, Malcolm Peñaranda.

El Parque del Este

El Parque del Este

Serie: ESCENAS DE CIUDAD

Ciudad Escenario: Caracas, Venezuela

En medio de la jungla de cemento que es hoy la capital venezolana,

se sitúa el maravilloso Parque del Este, de la ciudad verdadera amalgama.

Un oasis de paz donde corvengen chavistas y opositores

pues allí no hay lugar para los rencores.

Algunos lo hacen escenario de sus romances.

También hay quienes se reúnen con sus amigos para hablar de sus avances.

Otros hacen picnic con chicha de arroz, arepas y hayacas.

Y hay hasta quienes se sienten tentados a llevar maracas.

Algunos van allí a trotar o a practicar otros deportes,

pero también hay chamas gafas que a sus novios hacen aportes.

Otros se entretienen con su variada fauna.o en sus lagunas

mientras que “comidita pa’ los ojos” buscan algunas.

Para los niños hay atracciones diversas,

Para los adultos en cambio, hay atracciones algo perversas.

Las pavas caraqueñas lucen blusas cortas que marcan sus pechos

haciendo que los viejos verdes salgan de allí más que arrechos.

Los antiguos yuppies van a comerse su sandwich de mediodía

para hacerse a la idea de que están en Central Park todavía.

Quisieron que Caracas se pareciera a Nueva York en todo

Y refugiados en esa nostalgia empinan hoy el codo.

Ya no se transportan en Mercedes sino en metro,

y en lugar de Hugo Boss visten trajes algo retro.

Ya no hablan tanto Spanglish y en vez de cantar “Go West”

ahora parecen tararear el melancólico “Souvenirs de l’est”.

© 2007, Malcolm Peñaranda.

Cannabis Street

Cannabis Street

Serie: ESCENAS DE CIUDAD

Ciudad Escenario: Medellín, Colombia

Cannabis Street , o la calle de la perdición, como le decían en el siglo XX,

no es más que un callejón que no alcanza a tener 100 metros de longitud.

Ubicado estratégicamente en una calle adyacente a la calle Barranquilla,

a tan solo cincuenta metros de una de las porterías de la mayor universidad pública de la ciudad y a cuatro cuadras de la más grande del país,

encierra en su corredor de bares todo un mundo de experiencias.

Allí se reúnen a diario estudiantes, profesores y hasta decanos que quieren rendirle culto a la diosa más permisiva de todas. Cannabis.

No es una diosa de ocho brazos como Kalí ni es tan cachondera como Afrodita, pero de que tiene sabor, tiene sabor.

Sus adictos, amigos y conocedores la veneran con porritos, puchos, tabaquitos, cigarros, envueltos, pipas jamaiquinas y hasta orgasmos de humo.

Cuando llega la policía atraída por el humero, juran que es la contaminación.

Ya no los pueden arrestar como antes, gracias a la ley de la dósis personal, pero algunos todavía se cagan del susto cuando ven los uniformados.

Hay que aclarar que los marihuaneros no son drogadictos, ni criminales, ni mucho menos terroristas. Algunos son totalmente inofensivos.

Los hay de todas las clases: estudiantes que participan en cualquier marcha o protesta y se quejan hasta por el encarcelamiento de Paris Hilton; primíparos que llegan allí para saber qué se siente volar sin necesidad de comprar un costoso tiquete de aerolínea o por qué a la parte trasera de la facultad de artes le dicen el "“aeropuerto”; profesores que dicen que hay que estar con los muchachos pa’ las que sea y que entre un cigarrillo y un porrito no hay mucha diferencia; decanos bacanos que van allí para inspirarse, resolver los problemas de sus facultades y hablarle de Paulo Freire a todo aquel que los quiera escuchar; amas de casa desesperadas que necesitan un incentivo para volver a casa a lidiar tres muchachitos supernecios y un marido polvo de gallo, después de soportar un largo día de estudio y trabajo; el mesero que asegura que una traba al año no hace daño; el profesor acosador que insiste en que la yerbita mágica tendrá el mismo efecto del ron en la pechugona de sus sueños y por supuesto, el estudiante eterno que lleva doce años en la universidad sin graduarse de nada, vive feliz en el hotel mama y todavía protesta por Mayo del 68 como si lo hubiera vivido.

A los que nunca hemos probado la marihuana nos miran como a colegiala virgen en liceo de grillas. No entienden por qué tenemos una cerveza en la mano y no un bareto, como cariñosamente le dicen al porrito por estos lados.

Hay pocos jíbaros. No hacen falta. Muchos comparten la dósis personal porque son unos firmes convencidos que un polvito no se le niega a nadie y bueno, si compartís tu cuerpo, compartís el resto.

Las discusiones son de altísimo nivel. Allí aprendés de física, de medicina, de matemáticas, de derecho y hasta te cuentan las claves ocultas del Código Da Vinci.

No se necesitan traductores. El lenguaje es claro: si el chacho o la chacha tienen la mirada feliz pero en sus labios no hay esbozo alguno de sonrisa, perdieron el parcial! Si además están bailando reggae de la cintura para arriba, sentados a una mesa de cuero con botellas vacías de cerveza: andan treciados y a punto de perder la materia pero corean con entusiasmo ¡stand up for your rights! y suspiran por tener un profesor que se parezca a Bob Marley, aunque sea en las trenzas. Si por el contrario lograron concretar a la rubia divina de la fotocopiadora, tienen cara de “happy happy” y sonríen más que impulsadora de supermercado.

Se visten de cualquier manera y censuran a cualquiera que los mire con cara de “loco, vos te miraste al espejo antes de salir de casa?”. Allí convergen los metaleros, los filósofos despistados, los góticos, los punkeros, los harlistas, los espanta-la-virgen y hasta los neo-hippies que cambiaron el famoso “PEACE & LOVE” por “PLEASE; LET’S FUCK!”.

Abundan las camisetas con el estampado de la hojita de cannabis, la imagen del Che Guevara o la bandera de Jamaica. Los jeans deben ser viejos, mugrosos o desgastados. Mejor si tienen quinto bolsillo para guardar ahí la “maria juana” o la monedita para el teléfono público desde el que llamaran al tío Woodstockero que los recoja, los acoja y les ayude a deshacerse del olorcito delator que haría desmayar a sus madres.

Todos son hermanos, primos o “cuñadas” por el mismo palo. Nadie les hace tomar la sopa ni los deshereda. Son como una familia de inmigrantes ilegales en donde no hay cama pa’ tanta gente, pero donde sí alcanza la maracachafa para cualquier pariente.

Insisten en que la marihuana es medicinal y se preguntan por qué si existe el té de coca no existe el jugo de cannabis. Igual se trata de reanimar, no?

Antes de las doce se esfuman todos a sus casas o al apartacho de Nacho por si le da por aparecerse a esa hada madrina que llaman sobriedad, que en vez de calabaza tiene dos tetas de silicona y botox hasta en la gozona.

© 2007, Malcolm Peñaranda.