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jueves, 20 de enero de 2011

Babel bajo el gazebo

Serie: ESCENAS DE CIUDAD
Ciudad Escenario: Buenos Aires, Argentina.

Volver a Buenos Aires era como regresar al calor de un verano real.
Un verano donde la calidez de los amigos calentaba más que el mismo sol.
El clima estuvo inmejorable pero una tormenta de emociones estallaba en mí.
Le pregunté a Nadia y a Sergio si mi camisa era la apropiada para la ocasión.
Me peiné los tres pelos de mil maneras para dar una buena impresión.
Me sentía como si asistiera a una entrevista laboral, a una primera cita y como si le estuviera pidiendo la mano a una princesa, todo al mismo tiempo y en el mismo lugar.
“Tenés que calmarte, loco! Qué van a pensar de vos?”, me dije una y otra vez. Los locos no escuchan. Ni siquiera las voces en sus cabezas.
Una fiesta de bienvenida en mi honor! El sólo pensarlo me parecía lindo, un gesto impagable de mis colegas y amigos. Tan sólo ver el alboroto que armaron en la lista cuando anuncié mi visita y les pedí que llevaran solamente comidas y bebidas argentinas para la joda, me emocionó hasta las lágrimas. No podía creer que se esmeraran tanto para sorprenderme. Merecía yo tales honores?
El momento llegó y me sentí más emocionado que aquella vez en la que asistí a una entrega de óscares. Esta vez iba a conocer en directo a todas las celebridades y por supuesto, las tenía que abrazar y besuquear. Un sueño hecho realidad. Tantos colegas y amigos que he admirado durante años, apenas a un abrazo de distancia!
El trayecto hasta la casa de Mariana se me hizo eterno, pese a que Sergio se esmeraba por mostrarme cosas nuevas de ese Buenos Aires que yo redescubría.
Al llegar tomé una foto de la casa, cosa que nunca hago, porque me parecía un sueño estar allí. Quizás era mi momento. Momento para la posteridad.
La casa era enorme y la anfitriona inmejorable. Mariana resultó ser una traductora muy inteligente, súper amable y mucho más joven de lo que imaginé. Su sonrisa dulce nos dio la bienvenida a un escenario cálido y acogedor.
Subir al segundo piso de la casa a través de una estrecha escalera de caracol fue todo un reto que superamos sin tragos en la cabeza. Bajarla fue otra cosa: un sutil acto de movimientos acompasados y suicidas después de los cuales querías gritar: “prueba superada!” al coronar el último escalón.
El segundo piso de la casa era una gran terraza en la que nuestra adorable anfitriona había preparado dos ambientes con esmero. Uno de ellos era el gazebo, donde nos acomodamos la gran mayoría y al que luego accedieron los demás cuando los invitados empezaban a irse.
Cada uno de ellos causó una impresión imborrable en mí. Cada uno de ellos dejó una huella indeleble en mi alma. Cada uno de ellos abrió una portezuela hacia un jardín secreto en el que quise oler y apreciar cada una de las flores. Quería robármelas y traérmelas a casa para iluminarla el resto del año. Pero un chico bueno no roba, si mucho pide prestado. Total, la aduana no me las dejaría pasar.
Con pocos minutos de diferencia, mis estrellas empezaron a llegar para deslumbrarme. Algunas ya estaban allí. Otras tímidamente brillaban desde lejos y yo queriendo bajarlas para pedirles un deseo.
Susi, la gran organizadora del evento y especializada en jodas, resultó ser una dama bella y elegante que no sólo admirás por su belleza y su desvivirse por hacerte sentir especial, sino por sus aportes y esa conversación mezcla de tino y elocuencia.
Bernie, con sus ojos llamativos e inmensos como el océano, me sorprendió no sólo con su verbo impregnado de gran trayectoria académica, sino con su personalidad afable que te hace sentir como que la conocés desde hace mucho tiempo.
Delia en cambio, es de más bajo perfil, parece tímida pero cuando rompés con ella el hielo, descubrís una dama adorable y de sonrisa amistosa.
Victoria, la dulce Victoria, con quien no pude conversar tanto como yo quería, dejó en mi recuerdo su mirada melancólica y esas ganas de abrazarla que aún hoy guardo.
Annie, la autora de tantas crónicas que me han divertido en mi insomnio traductoril, estuvo un tanto tímida y alejada esa noche. Tal vez mi lenguaje corporal no alcanzó a transmitirle lo mucho que quería disfrutar de su compañía y de su charla esa noche.
Gabriela Mejías por su parte, resultó ser abrazable, adorable y pellizcable.
Pepelú, aparte de su experiencia interpretativa, mostró su conocimiento de vinos y su encanto que hacía que varias de mis colegas lo rodearan.
Gladys estuvo un poco tímida, pero cada que podía le sacaba unas cuantas palabras.
María Emma y su esposo prodigaban simpatía y hasta me dieron tips para aprovechar mejor los encantos porteños.
Ruth, la traductora de alemán, al igual que Carmita, Virginia y la otra Susana, me sorprendieron con su conversa agradable.
Cada uno de mis colegas se esforzó por hacerme sentir bienvenido y querido.
María Clelia, luego de haberme mostrado pacientemente sitios claves de Buenos Aires, me daba vuelta de vez en cuando para asegurarse de que la estuviera pasando bien y probando cada ricura de la abundante comida.
Con ella me devolví a casa de Sergio en el taxi. Despedirme de ella era como una especie de déjà vu extraño. Era como decirle adiós a Cynthia en Nueva York, a Raschid en Londres o a Hannes en Amsterdam. Escenas de despedida en un taxi, caleidoscopios de emociones fraternales con hermanos que te da la vida.
Llegar luego a la casa del gran hermano fue estar envuelto en ese calor de hogar con el que me rodeó esa familia que me acogió y adoptó con tanto cariño.
Hoy, casi dos años después, la cascada de emociones sigue bañándome y renovándome para hacerme recordar que al sur del sur existió una Babel bajo un gazebo, unos seres inmensos que te hacen sentir en casa, una brisa de verano que no tumbaría torre alguna, una variedad gastronómica que te queda en el paladar y en los cinco sentidos, una bebé adorable que empezás a querer como si fuese tuya, un alimento para el alma que nunca querés digerir y un palpitar de un corazón que te grita que tu casa está donde están tus afectos.


© 2010, Malcolm Peñaranda.

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