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miércoles, 9 de julio de 2008

El discreto encanto mendocino

El discreto encanto mendocino

Serie: ESCENAS DE CIUDAD

Ciudad Escenario: Mendoza, Argentina

Mendoza es una de esas ciudades a las que uno quiere volver.

Situada muy cerca del Aconcagua, huele a montaña y a vino.

Sus calles son limpias y agradables, invitan a caminarlas.

Algunas tienen cafecitos encantadores donde tomarse algo es una delicia.

Sus habitantes son increíblemente sencillos y te saludan con una sonrisa.

Te dan la bienvenida, te hablan de vino y de las tierras hermosas que rodean la ciudad sin ánimos de presumir o impresionarte.

Rápidamente te hacen olvidar la grosera bienvenida que te dan en la frontera andina entre Chile y Argentina.

Te perdonan incluso que no sepás mucho de vinos o de tango.

Sus mujeres tienen piel bronceada y curiosamente las llaman “morochas”, siendo como son, de tez blanca y facciones caucásicas.

Sus hombres no van caminando apuradamente para llegar a algún lado sino que flotan con pasos calmados y hasta se detienen para tomarte una foto o darte información de algún lugar.

No tiene el bullicio de las capitales y su tránsito es ordenado.

Sus parques son apacibles y sus árboles te refrescan en verano.

La ciudad entera se despliega ante tus ojos como mujer enamorada.

Te querés pellizcar para averiguar si en realidad estás en una ciudad tan apacible y acogedora.

Te olvidás por completo del tiempo cuando te sentás en un café que tiene decoración parisina, atmósfera italiana y aroma de té hindú.

Te rascás la cabeza preguntándote cuál será la real diferencia entre un croissant y una medialuna.

Te dejás llevar por una suave brisa que sólo te suelta cuando vos te das cuenta que no estás en la proa de un crucero y que levantar los brazos te haría ver como un clon desmejorado de Leonardo Di Caprio.

Querés perderte entre el barullo italianizado de la gente y encontrarte en la majestuosidad de los Andes.

Pasan un par de días luego de tu partida, y todavía no te sobreponés al tener que poner los pies en la tierra, más aún cuando tus alas están impregnadas de ese discreto encanto mendocino.



© 2007, Malcolm Peñaranda.

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