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miércoles, 9 de julio de 2008

Cannabis Street

Cannabis Street

Serie: ESCENAS DE CIUDAD

Ciudad Escenario: Medellín, Colombia

Cannabis Street , o la calle de la perdición, como le decían en el siglo XX,

no es más que un callejón que no alcanza a tener 100 metros de longitud.

Ubicado estratégicamente en una calle adyacente a la calle Barranquilla,

a tan solo cincuenta metros de una de las porterías de la mayor universidad pública de la ciudad y a cuatro cuadras de la más grande del país,

encierra en su corredor de bares todo un mundo de experiencias.

Allí se reúnen a diario estudiantes, profesores y hasta decanos que quieren rendirle culto a la diosa más permisiva de todas. Cannabis.

No es una diosa de ocho brazos como Kalí ni es tan cachondera como Afrodita, pero de que tiene sabor, tiene sabor.

Sus adictos, amigos y conocedores la veneran con porritos, puchos, tabaquitos, cigarros, envueltos, pipas jamaiquinas y hasta orgasmos de humo.

Cuando llega la policía atraída por el humero, juran que es la contaminación.

Ya no los pueden arrestar como antes, gracias a la ley de la dósis personal, pero algunos todavía se cagan del susto cuando ven los uniformados.

Hay que aclarar que los marihuaneros no son drogadictos, ni criminales, ni mucho menos terroristas. Algunos son totalmente inofensivos.

Los hay de todas las clases: estudiantes que participan en cualquier marcha o protesta y se quejan hasta por el encarcelamiento de Paris Hilton; primíparos que llegan allí para saber qué se siente volar sin necesidad de comprar un costoso tiquete de aerolínea o por qué a la parte trasera de la facultad de artes le dicen el "“aeropuerto”; profesores que dicen que hay que estar con los muchachos pa’ las que sea y que entre un cigarrillo y un porrito no hay mucha diferencia; decanos bacanos que van allí para inspirarse, resolver los problemas de sus facultades y hablarle de Paulo Freire a todo aquel que los quiera escuchar; amas de casa desesperadas que necesitan un incentivo para volver a casa a lidiar tres muchachitos supernecios y un marido polvo de gallo, después de soportar un largo día de estudio y trabajo; el mesero que asegura que una traba al año no hace daño; el profesor acosador que insiste en que la yerbita mágica tendrá el mismo efecto del ron en la pechugona de sus sueños y por supuesto, el estudiante eterno que lleva doce años en la universidad sin graduarse de nada, vive feliz en el hotel mama y todavía protesta por Mayo del 68 como si lo hubiera vivido.

A los que nunca hemos probado la marihuana nos miran como a colegiala virgen en liceo de grillas. No entienden por qué tenemos una cerveza en la mano y no un bareto, como cariñosamente le dicen al porrito por estos lados.

Hay pocos jíbaros. No hacen falta. Muchos comparten la dósis personal porque son unos firmes convencidos que un polvito no se le niega a nadie y bueno, si compartís tu cuerpo, compartís el resto.

Las discusiones son de altísimo nivel. Allí aprendés de física, de medicina, de matemáticas, de derecho y hasta te cuentan las claves ocultas del Código Da Vinci.

No se necesitan traductores. El lenguaje es claro: si el chacho o la chacha tienen la mirada feliz pero en sus labios no hay esbozo alguno de sonrisa, perdieron el parcial! Si además están bailando reggae de la cintura para arriba, sentados a una mesa de cuero con botellas vacías de cerveza: andan treciados y a punto de perder la materia pero corean con entusiasmo ¡stand up for your rights! y suspiran por tener un profesor que se parezca a Bob Marley, aunque sea en las trenzas. Si por el contrario lograron concretar a la rubia divina de la fotocopiadora, tienen cara de “happy happy” y sonríen más que impulsadora de supermercado.

Se visten de cualquier manera y censuran a cualquiera que los mire con cara de “loco, vos te miraste al espejo antes de salir de casa?”. Allí convergen los metaleros, los filósofos despistados, los góticos, los punkeros, los harlistas, los espanta-la-virgen y hasta los neo-hippies que cambiaron el famoso “PEACE & LOVE” por “PLEASE; LET’S FUCK!”.

Abundan las camisetas con el estampado de la hojita de cannabis, la imagen del Che Guevara o la bandera de Jamaica. Los jeans deben ser viejos, mugrosos o desgastados. Mejor si tienen quinto bolsillo para guardar ahí la “maria juana” o la monedita para el teléfono público desde el que llamaran al tío Woodstockero que los recoja, los acoja y les ayude a deshacerse del olorcito delator que haría desmayar a sus madres.

Todos son hermanos, primos o “cuñadas” por el mismo palo. Nadie les hace tomar la sopa ni los deshereda. Son como una familia de inmigrantes ilegales en donde no hay cama pa’ tanta gente, pero donde sí alcanza la maracachafa para cualquier pariente.

Insisten en que la marihuana es medicinal y se preguntan por qué si existe el té de coca no existe el jugo de cannabis. Igual se trata de reanimar, no?

Antes de las doce se esfuman todos a sus casas o al apartacho de Nacho por si le da por aparecerse a esa hada madrina que llaman sobriedad, que en vez de calabaza tiene dos tetas de silicona y botox hasta en la gozona.

© 2007, Malcolm Peñaranda.

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